¿Cómo se puede
aplicar en clase?
Muchas veces jugar se interpreta como el alivio de
estar aprendiendo en serio. De hecho, a los alumnos se les permite jugar cuando
van al recreo, para que descansen del aprendizaje de verdad. Esto ha sido así,
al menos, desde la revolución industrial, cuando se impuso la escolarización
obligatoria. No sé si somos conscientes de la aberración. El juego es
aprendizaje. Parece mentira que estemos tan equivocados. Afortunadamente, las
cosas están cambiando. Existe un consenso generalizado sobre la necesidad de otra forma de educar, en la que se ponga el énfasis en las
habilidades esenciales para un futuro que nos atropella cada día. El cómo será
esa otra forma de educar se está construyendo ya, en cientos de aulas, con
innovaciones educativas e iniciativas personales de muchos profesores comprometidos con este cambio. Y la
“gamificación” forma parte de él.
El juego es el instrumento favorito de nuestro cerebro
para aprender. Es más, jugar es la auténtica ocupación de nuestra infancia.
Asistir a clase es una invitación a ocupar la mente con otras cosas y si se
puede hacer chistes de lo que diga el profesor, mejor. Cuando los niños juegan,
en cambio, no tienen tiempo para hacer chistes. Jugar es un negocio muy serio
con objetivos que llenan todos sus propósitos, ya sea al fútbol o al Monopoly.
Es en el juego donde se aprenden buena parte de las habilidades que serán
requeridas para la vida adulta del siglo XXI, como la estrategia para resolver
problemas complejos, la comunicación o el trabajo en equipo.
Esta posibilidad educativa o herramienta como tal pude
ser utilizada en clase a través de juegos interactivos que propongan dinámicas
dirigidas a la participación directa del estudiante como los elementos de
motivación social de quienes participan del juego con el fin de obtener
ventajas positivas para la adquisición y re-estructuración de conocimiento. Para
ello, se pueden poner en práctica diversas estrategias y
utilizar los recursos que pone a nuestra disposición Internet.

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